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Su matrimonio inició hace unos catorce años aproximadamente lleno de ilusión por encontrar una vida placentera con la mujer que le había robado las miradas más profundas, llenas de amor y producto de ese cariño nacieron dos hijos que los llenaron de mayor felicidad.

Fue el destino que se encargó de unirlos y el mismo, cruel como es, los separó entre truenos y rayos.

Arturo encontró el inició de su infierno en la administración pública. Las fuerzas oscuras han encontrado en la vanidad el pecado capital favorito, porque es cuando las personas comienzan a perder piso, a sentirse un tanto superiores a los demás y con mayores cualidades que el resto de la población mundana.

El diablo colocó a Arturo en una posición de gobierno de segundo nivel, un buen salario y las posibilidades de distraer dinero público para su bolsillo, que usualmente estaba medio vacío pero esta vez le permitió comprar una nueva casa, dos autos de modelo reciente, una vida holgada con sus vacaciones en hoteles de cinco estrellas en las mejores playas de México.

Fue el mismo diablo quien aumentó su vanidad poniendo a una mujer de excelente cuerpo en su camino. Era de estatura mediana y llegó a desempeñarse como secretaria, pero la vida le había dotado de unas curvas delirantes, sostenidas por unas piernas que eran el mejor afrodisiaco y más cuando se colocaba esas minifaldas que ponían a temblar al más curtido en la admiración de la belleza.

Arturo fijó su mirada en Irene, en esa mujer que estaba libre para ser abordada, pero para comprar un boleto se necesitaba no sólo un buen discurso en el plano sentimental, sino una cartera pudiente sin restricciones y él la tenía, porque conforme avanzaba el gobierno del estado seguía llegando dinero a su cuenta persona, sin que la contraloría pudiera hacer algo al respecto, porque al frente de ella estaba un viejito que sólo se preocupaba por verle las nalgas a su asistente y cumplir su papel de adorno para el cual lo habían elegido. Sus palabras célebres cuando se le cuestionaba del actuar de un funcionario eran: pruebas, pruebas, pruebas.

La joven promesa de la política logró la primera cita en el restaurante de corte de carnes más selecto de la zona de Angelópolis y nuevamente admiró las formas tan precisas que había logrado. Irene conocía de los alcances que le daba esa figura que Dios regaló y sólo era necesario darle el toque con las prendas justas, precisas para realzar lo que tantas mujeres envidiaban y muchos hombres deseaban.

Arturo mostró desde el principio su anillo de casado para evitar los malos entendidos y si en ese restaurante iba a iniciar una nueva forma de interactuar, tendría que ser con las reglas perfectamente bien establecidas y los dos sabían sus intereses: ella aprovechar su cuerpo para mejorar su situación económica y él beneficiarse de su situación financiera para degustar ese manjar que la vanidad le había puesto en su camino.

Fueron varias las citas que los separaron de la cama del motel del bulevar 5 de mayo. La noche de viernes Arturo le explicó a su esposa que su jefe lo había invitado a una cena en casa Puebla con el gobernador y por supuesto que no podía faltar por lo tanto era probable que llegara en la madrugada. El espacio de libertad que creó lo dedicó a la nueva conquista.

Una reservación en la terraza de un hotel del centro los esperaba para pasar el principio de una noche adorable y los whiskys fueron el pasaporte a la felicidad. El buen entendimiento fue a través de un clik que comenzó con el juego de los dedos meniques para dar paso a un beso cuando ambos cuerpos se juntaron para bailar una música un tanto romántica.

El alcohol hizo a un lado las inhibiciones y la pasión que se había desatado la tuvieron que matar en un motel. Arturo tocó cada parte de la piel de Irene como su fuera un material demasiado frágil, lo besó, lo olió, lo acarició y poco a poco fue transformando la ternura en una energía impetuosa con muchos movimientos, muchos sonidos y al final estaban metidos en las sábanas intercambiando miradas de incredulidad.

Así nació una relación estrecha, por un tiempo.

Arturo supo manejar muy bien la situación en casa, demasiado bien. Con Irene sus encuentros sexuales estaban acompañados por muchos detalles, desde perfumes, ropa y finalmente una camioneta. Las nalgas de Irene lo valían, decía él entre su círculo de amigos.

Fue el jefe de Arturo que le advirtió que tuviera mucho cuidado con ella, porque estaba loca, pero él la defendió con pasión y entrega. A su favor alegó que estaba enamorada de él. “Estás pero bien pendejo, solo te quiere por lo que le das, pero allá tu?

Un poco más de un año los escenarios empezaron a cambiar y una noche de copas en un bar estalló el inicio del polvorín amoroso: el bar estaba lleno y ella atrajo la mirada de un joven apuesto. Irene le sonrió de manera coqueta y en un momento levantó la copa brindando con él a distancia. Arturo descubrió el movimiento y pidió la cuenta al mesero. Ella, con varios alcoholes encima, se negó a abandonar el lugar pero se encontró a un energúmeno celoso que la arrastró del brazo hacia el coche. Se fueron al departamento con la discusión al tope, llenos de ira. Arturo la obligó a tener relaciones y le advirtió que con él no se juega.

Al día siguiente el funcionario de gobierno, quien seguía recibiendo dividendos económicos por su negocios al margen de la ley, recibió la llamada de Irene y pensó que era para ofrecerle una disculpa por estar de ofrecida en el bar, pero se encontró con la noticia terrible que cambió todo su futuro: “ayer te dije que te ibas a arrepentir y en este momento estoy saliendo de la procuraduría en donde acabo de poner una denuncia penal en tu contra por violación y golpes. De esta no sales idiota”.

Arturo sintió un aire frío que le caló cada poro de su cuerpo. Analizó cada posibilidad y trató de convencer a Irene para que retirara la denuncia y ella aceptó con una condición: un millón de pesos en su cuenta.

El tema llegó a oídos de su jefe quien le pidió que solicitara permiso hasta que se solucionar su situación, porque era manchar la imagen de la dependencia, lo cual no lo permitiría porque se lo había advertido.

El requerimiento legal llegó a su domicilio y fue su esposa quien abrió la correspondencia. La incredulidad le invadió, porque no creía capaz a su esposo de llegar tan bajo. Arturo trató de explicar que fue una acción que emprendió una mujer que lo estaba acosando, pero como no cedió a sus pretensiones llego a ese grado, pero la iba a denunciar por difamación. Sin embargo la madre de sus hijos no quedó convencida.

Irene, al ver que no recibía la cantidad requeridoala aumentó a un millón y medio de pesos, sin tregua. Para ejercer mayor presión buscó a la esposa de Arturo y le dio detalles de su relación e incluso habló de videos que ella había grabado teniendo relaciones sexuales.

Cuando Arturo llegó a su casa su esposa y sus hijos ya no estaban, solo una carta de tres hojas reprochándole su conducta con decenas de adjetivos calificativos y al final exigía el divorcio.

Por  más que buscó el perdón de la mujer herida, sólo encontró el rechazo, el alejamiento de sus hijos y una pensión elevada. Le advirtió que los niños no iban a dejar de tener el nivel de vida que los había acostumbrado.

Arturo quiso que todo fuera una terrible pesadilla, un mal sueño.

El cargo de segundo nivel en el gobierno con las posibilidades de dinero ilegal a sus bolsillos se había escabuido.

Su esposa lo había dejado.

Su amante lo tenía demandado por mucho dinero sin un perdón a la vista, con un nuevo hombre en su vida que disfrutaba de la camioneta que él le había regalado a ella.

Y todo por estar pedido en unas curvas.

FIN
Perdido entre curvas